
"Nunca nada le perteneció, nunca nadie fue su dueño. Bestia salvaje e indómita. Vieja, rápida y sonriente. Azul y gris. Lentitud en sus gestos. Lentitud en sus palabras.
-Apártate-le dijo al León.
-Serás mi cena-le dijo él.
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-¿Pero dónde se ha visto que un león se zampe a una pantera?-interrumpió Mihai.
-"Cállate, déjame terminar la historia."
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Ella rió y le hizo creer que se rendía, le dejó que la mordiera y se llevase parte de su carne, y al saborearla, el León huyo. Ella sabía que lo haría. Se incorporó gimiendo, buscando, mientras se arrastraba, aquel lago de aguas curativas, allí le encontró, enloquecido. Rugía y lanzaba zarpazos a las gotas de agua que él mismo con sus patas, chapoteando en ella, había provocado. Cada roce con el agua cristalina lo enfurecía. Ella se tumbó sobre la orilla, esperando a que sanase su herida y le observó.
-Sal del agua-le dijo, y su susurro rasgó el aire, más potente que sus rugidos, y el león paró. Con el rabo entre las patas se acercó y la miró a los ojos. Ya no podría escapar de ellos.
-¿Por qué no puedo dejar de mirarte?-le preguntó. Ella no le dijo nada. Dejó que él se tumbara a su lado, dejó que la probase una noche, dejó que escuchase su corazón un segundo y luego, mientras él dormía, lo devoró.
Cuando acabó, se miró en las aguas. No era su reflejo, si no el del León el que veía.
-Ahora siempre estarás conmigo-le dijo, y el León sonrió."

